- No fue esa tarde, ni otra, ni la siguiente a la otra, pues ni corté orejas ni me dio un revolcón que me dejara sin esperanzas.  Estrechaba mi mano con un gesto elegante y cómplice que me daba paso a creer que mi presencia le era agradable, pero nada más. Después conseguí acceder al piso que compartía con su compañera y conversar con ellas o tomar cerveza o jugar a cartas y aprovechar para rozarle con la rodilla su muslo, pero que no. A veces quedaba quieta, como complacida, y yo entonces me aventuraba a bajar la mano, sin éxito porque ella rompía el encanto retirándose. Tuvo que transcurrir una semana para conseguir un beso íntimo que yo le di en una ocasión en la que nos encontramos solos y ella lo recibió con sus brazos rodeando mi cuello. Pero me hizo entender que reservaba su cuerpo para aquél que fuera su marido. Así pasábamos las tardes. Al anochecer quería conocer el otro Madrid más lejano de su residencia, más moderno, más bullicioso.

- Te puedo asegurar que no tiene nada de particular.

Pero salíamos, solos los dos. Con su dinero siempre. Le gustaba ver las calles iluminadas, los escaparates repletos de productos, las cafeterías modernas, el soniquete de la vida, el trajín de la gente saliendo y entrando a los hoteles o a los cines. Erna absorbe el pulso de la vida nocturna y me transmite la seducción del momento apretando su mano a la mía, como dos novios vamos, como dos apasionados. Yo veo a las señoras más perfumadas y más guapas que nunca. Esta es la hora en que las secretarias de los gerentes se quedan a solas en los despachos con sus jefes, en la penumbra del cuero y el estucado de las oficinas de lujo, y los jefes acarician la piel de esas mujeres jóvenes. Y yo con una envidia miserable porque pudiendo hacer lo que esos jefes de manos anilladas, Erna me mantiene a distancia, controlando con la frialdad del mármol los tiempos y mis pensamientos antes incluso de que estos surjan.  Estoy enamorado de este cuerpo ingenuo y pudoroso. Reconozco que soy un pelele en sus manos; me está dominando esta noruega, me lleva a su terreno y yo no sé  ni quiero salirme de la senda que me marca. Sabe lo que quiere y tiene lo que necesita. Esta mujer es mucha mujer, maneja los hilos a su antojo, tiene dentro de la cabeza una bolsa de hielo que no se le licúa nunca ni funde su destilación la calculadora que procesa todos sus registros. No tiene un resquicio por donde atacarle, desearía enseñarle cosas perversas pero no hay fisura capaz de inocularle un virus malintencionado que la distraiga de su férreo pensamiento. En definitiva, he comprobado que es una joven inteligente capaz de controlar mis procederes, de frenar mis modos y mis actuaciones y deshacer de un soplo mi estilo de vida, esas actuaciones con las que siempre me he sabido gobernar exitosamente con la precisión de un Patek Philippe. Y lo malo del caso es que yo sé cómo es, y me gusta que así sea porque eso será seguramente lo que me ha cautivado. Pero estoy perdiendo mi esencia, me doy cuenta de ello y no reacciono para poder recuperar mi libertad. Y lo peor del caso es que ni me rebelo ni quiero, con lo que mi situación es deprimente y comprometida con mi espíritu. Pero allá vamos, avanzando al paso que ella quiere y yo feliz con verla. Le dije un día que la amaba dibujándole en el aire un corazón: Yo mucho amor, tú. Y le apunté con el dedo su pecho. Y la besé y me besó. Y fuimos otros después de mi declaración. Y volvía a llevarla a cenar o a almorzar a algún restaurante  de medio pelo o de lujo moderado, a tomar copas, a pasear, al cine... No le importaba gastar el dinero conmigo.

 

- ¿Marcha la cosa bien, Dámaso?

- No me puedo quejar, jefe, pero no me deja entrar a matar.

- Eres mayorcito y con experiencia, de manera que tú sabrás lo que haces. Te agradezco que no me pidas ayuda.

- Esta ingenuidad de mujer, y su cuerpo, que es ascua y estrella, me están descomponiendo; pero sabré salir.

- Ten en cuenta que ella está de paso y algún día debe irse de Madrid. Si ahora tienes el corazón machacado, ¿qué será cuando te diga adiós? ¿Te lo has pensado?

- No. Pero quiero a esta chica más que a mí mismo y no se me puede ir así como así. Yo no puedo seguir de esta manera, mañana le daré una sorpresa.