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- ¡Virgen santa, si es virgen esta noruega! ¿Cómo puede ser que a estas alturas una chica con esos años pueda ser virgen? No entiendo cómo una mujer con esa cara de ángel, ese cuerpo esbelto y esa dulzura que va derramando por doquier, ni siquiera la haya poseído contra su voluntad algún fauno despreciable. Nunca entenderé que esos labios no los hayan besado, que ese cuerpo no lo hayan tocado. Noto que al pensar en su posible virginidad hollada siento celos del mundo entero, son unos temblores que me hacen cambiar de posición, un sobresalto me llega de sopetón y me arruina el razonar. Quiero ser el primero en poseerla, yo voy a ser el único en encontrarle los rincones de su cuerpo, en besarle la riqueza de su piel, en navegar mis manos por sus dunas, en penetrar sus adentros. Yo, seré yo y nadie más va a compartir esta delicia conmigo. Me encuentro confuso sin ella a mi lado, desesperado sin saber qué estará haciendo, en quién estará pensando. Esta muchacha va a terminar conmigo. Yo, que nunca di crédito y me había reído de los amores de Muñoz y la Pantoja, de Tristán e Isolda, de Dafnis y Cloe, de Calisto y Melibea, vuelvo a ellos, a sus lecturas, para saborear el placer de sufrir de amor, para estar junto a ellos y que me enseñen a soportar la tortura que me ahoga, el tormento que me atenaza; que me despierten la calma que necesito. Sus lecturas, ¡qué gran premio!

Declara Calisto: Téngolo por tanto en verdad que, si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta felicidad.

La recibe Melibea: Pues aún más galardón te daré yo, si perseveras.

Tus dioses te ganen, Erna, para que me contestes en semejante tono una vez que te declare mi amor. Te seguiré hasta la muerte con tal de conseguir tu amor y mi felicidad. Seré perseverante en la conquista. Qué amor tan profundo, Calisto, ¿cómo se te ocurren estas palabras divinas? ¡Qué gran apoyo me das! Ni siquiera entre santos serás tan feliz como teniéndola a tu lado. Eso me está pasando a mí, Calisto, que vivo sin vivir en mí (no, esto es de una santa), quiero decir que ni como ni duermo pensando en ella. ¡Oh! Erna, alma de mi alma, perpetuo imán de mi vida (no, esto tampoco, esto lo he leído yo pero cae bien aquí y también lo dejo). A ver si me reconforta igualmente otro libro, si su lectura me tranquiliza y me llega la moderación y el reposo. Y la pachorra perdida. Erna, se me antoja que eres como la pastorcilla Cloe, ayuna de amor; ayuna de sexo que no por ser desconocido no era deseado. Y buscaba el encuentro, quería ir hacia él, pero Dafnis, que es su amor físico, no le satisfacía la curiosidad, pues se hallaba en el limbo al igual que ella. Yo esta tarde le contaré a Erna lo que el pastorcillo le dijo a su amada, pero cambiando las palabras de boca: Nos hemos besado y de nada ha servido; nos hemos abrazado y ha servido más o menos de lo mismo; así que acostarse es el único remedio del amor. Habrá que intentarlo también: seguro que habrá en ello algo de más efecto que el beso. Ves, cuanta humildad e ignorancia se respira en estos dos jovencitos que aún no han salido del nido, pero que ya mismo van a empezar a volar. Así estás tú. ¿Le preguntaré si quiere acostarse conmigo? Yo creo que es pronto para iniciarla, aunque si he de ser sincero no siento esa necesidad animal de posesión y goce como con otras mujeres; no, esta chica es otra cosa y yo soy otro ante ella. Me tiene atrapado esta joven de labios deliciosamente vueltos hacia fuera, que sabe mirar a los ojos, que sabe sonreír, que sabe dominar sus manos, que sabe cuidar su pelo... Tiene algo de mujer cara que me trastorna. A su lado soy un pobrecillo que se vuelve loco por una mujer bien presentada.

- Dámaso, tienes que decidirte, vas a enfermar o morir de amor.

- Esta tarde. O corto orejas o me llevo un revolcón.