- Dentro de la cafetería y acomodados, esta señorita y yo balbuceamos, somos como dos niños aprendiendo a hablar. Nos movemos por la espuma del lenguaje en un vaivén, en un tuyo y mío tenístico que nos va acercando el uno al otro y al que le vamos sacando partido con tesón.  Ella conoce cuatro palabras del español, yo ninguna del suyo. Pero no importa, nos arreglamos por señas. ¿Cómo te llamas? Se encoge de hombros. ¿Nombre, tú?, y le apunto con el dedo índice tocándole el cuello de la camisa. Sonríe. Bebe, que se te enfría el café. Y lo bebe a sorbitos, mojándose los labios únicamente. No le gusta, así no se toman las cosas en España. ¿En su país no habrá café? Esta chica parece de buena clase, no pienso yo que tome malta en su casa. ¿O será que se cuida y ni siquiera café acepta? Pudiera ser, porque es de vientre plano como una tabla. ¿Cuántos años tendrá ese cuerpo, veinticinco, veintiocho? No me importan sus años, está en la edad de hacer feliz a un hombre disoluto como yo, licencioso en cuanto al amor. O a cualquier otro, pero me elijo a mí mismo. Parece esta chica ser muy cándida, de corta vida mundana, de pocos vuelos, y quizá por eso me atrae doblemente. ¿Tú, novio?, le digo juntando y tocando uno contra otro los índices de mis manos. No me entiende. Monto el dedo medio sobre el índice y ahora reacciona. No way yo student medicine. Por lo que se ve esta muchacha ha entretenido todo el tiempo de su vida en estudiar. Mejor, me emociono lascivamente pensando que es virgen. No hay pausas en nuestra conversación, todo sale fluido y graciosamente. En fin, yo podría seguir escribiendo del pasaje surgido en la mesa de la cafetería hasta mañana, pero no dejaría de ser un diálogo sin interés para el lector; así que resumo y creo ajustarme a la verdad si digo que interpreté que su nombre es Erna, es noruega, reside en Bergen, y es médico forense. Descubrir su especialidad médica me costó Dios y ayuda. Me removí en la silla cuando averigüe tal singularidad, pues la vi entre cadáveres, sierras y vísceras. ¡Qué lástima, una chica tan bonita! Deduje que con los gestos y con un boli se entiende uno en idiomas diferentes. Vino con una compañera y ambas ocupan un apartamento por La Latina. Es hora de irnos, el camarero está pendiente de nosotros. Money, yo no, le digo. Extrae de una cartera de fina piel un billete de 50 euros. Lo cojo y le adelanto: Mío, yo devolver. Ella no habla, tampoco dice “oh” como en las películas, sólo sonríe, siempre sonríe esta muchacha. Es de sonrisa honesta y de boca dulce. Me atrae su humildad, su disciplina al trato, su timidez, su vestir sencillo y elegante. ¿Y su cuerpo? Ahí está, esperándome como un oasis, porque si no ¿qué hacemos juntos, perdidos en Madrid, vamos a ver? Pago y nos vamos. Paseamos la plaza por el sol tibio de la mañana. Le hago infinidad de fotos con su cámara, buscando los mejores perfiles y los más bellos contrastes. Ella me las hace a mí, y a los dos unidos cualquier paseante que abordamos. Ya no me corto y como si jugáramos abrazo su cintura, junto mi cara a la suya, aprieto su mano. Mil fotos de todas las maneras. Me gusta esta chica, noble y prudente, que no da gritos, que no se enfada, que es generosa. Bueno, generosa tocante al dinero y la amistad, que ya veremos si con lo otro, cuando se lo proponga, se comporta igualmente. Hay en esta mujer un fulgor que no he visto nunca en ninguna otra, un fulgor que me arrastra, que hace que la siga. Los ojos me chispean cuando la miro, y si es de cerca, brillo y lumbre debo transmitirle. Pero su serenidad me contagia y me vuelve blando y dúctil. ¿Qué tiene esta muñeca nórdica que no tenga una española? Quiero besarte. No, vergüenza, me dice la tía. ¿Será que la siente porque es nueva en amores y en sexo, o será porque estamos en público? No voy a averiguarlo, es pronto, esperemos otra ocasión. Te invito a comer, le propuse.

- ¿Comer?

- Food, ¿tú querer?

- Me dijo sí en español y la llevé a La Taurina, en la Carrera de San Jerónimo, aquello te va a gustar, es distinto, ya verás. Pedí rabo de toro para los dos. Observo que come lo imprescindible y bebe lo esencial. Claro, así se explica ese cuerpo ondulante y lujoso, sin tacha. La miro a sus ojos claros con los que mira el plato, le digo que me gusta y no entiende mis palabras, pero lo adivina en mis ojos y en mi semblante. Sonríe y sonríe sin hablar. Algo me está ocurriendo, soy un extraño dentro de mí; en estos casos de amoríos mi comportamiento siempre ha sido diferente, esto es, más licencioso, con un libreto más amplio, más libre, más postinero. Pero ahora me voy encontrando constreñido, encorsetado, limitada la voluntad y la intención. Lo sé porque soy honesto en todo cuanto le hablo. ¿Dónde ha ido a parar mi libertad de vértigo? Tengo ganas de abrazarla, de besarla, de quererla.

- ¿Has dicho quererla, Dámaso?

- Sí; ¿qué me está pasando, Cisneros?

- Pues que te estás enamorando, idiota, lo más natural del mundo. Ya era hora, pichón.

- La dejé en el portal de su piso porque no me permitió subir. Pero me dio un beso de despedida que no fue más allá de un roce de labios  que a mí me supo como el mejor de los besos recibidos.

Dámaso vuelve a casa acompañado por su silencio y el rumor nocturno de Madrid. El perfume de las acacias, el cielo enjoyado, el coche de la policía, la taquillera del metro, todo, absolutamente todo, le recuerda a Erna.

- Cisneros, lo estoy pasando muy mal.

- Y lo que te queda, pajarito.