Dámaso, ya de vuelta de Egipto, zangolotea por la ciudad, a ver qué cae. Es temprano, no es costumbre que tan de mañana esté en la calle, pero el contraste entre el silencio de las pirámides y el ruido atronador de Madrid no lo dejan dormir bien y hoy lo han echado de la cama antes de tiempo. Y también porque ya añoraba el asfalto caliente de la ciudad, que es ese su mundo y su vida: que tanta arena y tanto sol lo tenían aturdido.

 

Toma café con churros y un chupito de orujo en la “Taberna Quitapenas”. Va entonado camino de la Plaza Mayor. Ha recordado que los pintores y dibujantes que allí trabajan atraen al turista. No le será difícil conversar con alguna guiri y si puede, ligarla. Mucho mejor. Como el felino, dar un zarpazo, matar y descansar.

Una chica rubia y alta posa ante un caricaturista moro. Miro al papel y a ella alternativamente y sonrío. Le sonrío a ella y ella me devuelve la sonrisa en un gesto de complicidad. Soy el único observador. Me está preguntando que si el dibujo va bien, que si se parece a ella. Le levanto el pulgar y le lanzo un beso disimulado que ella recoge.

 

- ¿Por qué lo recoge, atontado?

 

- Porque lo sé, porque lo he visto en sus ojos, porque entiendo los lenguajes corporales. Y porque le va bien al guión, ¿qué te crees?

 

Como al moro le queda un rato largo, me voy a dar una vuelta sin alejarme mucho. El sol luce elegante, la gente se mueve por toda la plaza, se hacen fotos delante de la estatua de Felipe III, las terrazas están puestas y las mesas adecentadas. Las palomas revolotean sobre la cabeza y alrededor del monumento ecuestre. Dámaso, entre tantas mujeres, piensa en las mujeres.

 

- Son un misterio. Desde los albores de la humanidad, son un misterio.  Me imagino al barbudo en la cueva con el cacharro de pintura en la mano y mesándose la barba porque no sabe enfrentarse al misterio de interpretarla, que quiere pintar a la mujer y no sabe como representarla. Al ciervo y al gamo qué fácil le resulta, incluso al hombre, le hace una raya vertical, la divide en dos abajo y ya está. Pero la mujer... Se puede llevar todo el día mirando a la pared y seguir pensando. Y al lado su parienta, que le gruñe y le rompe la concentración. ¿Te has parado a pensar qué hago con este costillar de mamut? ¿Vas a estar todo el día adorando la pared o me vas a ayudar? En lugar de perder el tiempo con las pinturitas esas, ¿por qué no inventas el fuego para que me facilite  guisar y que con este bicho me pueda hacer una caldereta? Ya tendrás tiempo después de seguir haciendo el canelo. Aquí, aquí en la respuesta fue donde tuvieron su origen los malos tratos y el canibalismo. Porque a esa mujer estoy seguro que el pintor se la comió viva.

 

No te atormentes, Dámaso, que el único consuelo que le queda al género humano en sus inútiles y múltiples rodeos literarios para saber como son las mujeres, es que ellas tampoco lo saben. ¡Y eso que han escrito libros de éxito hablando de que los hombres son incapaces de saber cómo son! Lo que saben; ¡son menudas! Y no pierdas de vista a la rubia de la caricatura, que vengo observando que ella su mirada no la tiene perdida. Y a ti eso ahora es lo que te importa, deja al barbudo de la cueva de una puñetera vez.

 

- Estaba al tanto, Cisneros, no crea que me ha despistado la bruja del mamut. Es mucho ayuno el que lleva mi cuerpo para olvidar a la rubita.

 

Vuelve al moro dibujante, la caricatura está casi terminada, alguna sombra falta, algún retoque, alguna línea en la comisura de los labios.

 

- Miro a la rubia y ella me mira. Sonrío y me sonríe. Se te parece, sí, rubita. Ahora que se ha relajado y reclinado un poco y se hace mollar, le doy un repaso y bajo la mirada hasta los zapatos, cubriendo todo su cuerpo y todas sus formas. Es alta, se le ve al primer vistazo; piernas largas, cintura estrecha, ojos de miel, boca grande de labios carnosos, pechos como palomas prisioneras excitadas y prestas a volar. A mí me parece que están locas por salir de su jaula y perderse. Que no se perderán, que aquí estoy yo para cogerlas al vuelo. Le señalo con el índice que se levante y venga a verla, que ya está firmando el dibujante. Se ríe cuando se ve, me acerco a ella. La cojo del brazo para señalarle otra perspectiva y me roza su cuerpo. Esto marcha. Es como yo de alta, su piel es blanca y moteada, esta chica no es de las nuestras, no es de aquí. Paga y se retira. Es rubia como la cerveza, el cabello largo. Bueno, a mí me da igual que sea largo o corto. Rubia me gusta, conozco a pocas. Como hasta ahora no ha abierto el pico no sé si me entenderá. Ven, le digo cogiendo de nuevo su brazo, te invito a tomar un café.

 

- ¿Café?

 

- Eso. O lo que te apetezca. No me ha entendido, pero la hago pasar a la cafetería, nos sentamos y pedimos. Y conversamos, más por señas que utilizando palabras. A la hora de pagar vendrán los duelos, ¡no tengo un céntimo! ¿Cómo te llamas?

 

- ¿Qué?

 

- Tu nombre. Y se lo digo apuntando y rozando mi dedo índice el cuello de su camisa.