Margarita da una corveta y salta de la cama. Se viste por el pasillo camino del baño. Refunfuña.

- ¿Con que aquí no ha entrado nadie? ¡Valiente maricón estás hecho! No me vas a volver a ver la cara en tu vida.

Se asea con rapidez y sale de la casa dando un portazo que provoca la caída, hasta hacerla añicos, de una cerámica colgada en la pared.

Dámaso comienza a salir de su sueño, de la sombra oscura del dormir. Como Sartre, Dámaso le niega al sueño todo significado y le atribuye la imposibilidad de formular una sola imagen coherente, porque en cuanto la quiere precisar ya está despierto. Pero él no estaba en sueños, y si lo estuviera no le interesan ni sus sueños ni su pasado ni su futuro. Quien concita a los sueños es gente sin imaginación. Si soñara, sería el exegeta de sí mismo, confuso y pelmazo, que ahuyenta de inmediato los fantasmas que lo han llevado al abismo. Él no soñaba, dormía y el portazo lo ha despertado. Ahora se da cuenta del momento, de su situación actual y en eso es donde está. El futuro no le interesa contemplarlo. El hombre es un ser de cercanías, tiene que aprender a ser criatura de cercanías, pastor de lo inmediato. Lo de más allá no importa.

- Se ha ido y no vuelve. Maruchi es una zorra que me la ha liado y bien liada. ¿Qué me está pasando?

Es la primera vez que su pensamiento se ocupa con momentos de cierta trascendencia; ve con pesar su porvenir, lo ve como los cangilones de una noria: llenos de vida cuando portan agua, muertos cuando se vacían. Ahora está muerto, seco su espíritu, sin fuerza y sin sentido.

- ¿Este va a ser siempre mi destino, Cisneros? ¿Así me vas a manejar toda la vida? Si pudiera salir del blog te mataría. ¿Por qué esta crueldad conmigo?

- Así es la vida, y de la misma forma que te la planteo me la plantean a mí. Y a todos. Hay rosas y espinas, dulce y amargo, amistad y hostilidad; por eso deberías conformarte con lo que te doy y apreciar las palabras con sentido de nuestro amigo El Mayoral, cuando te dijo con envidia que qué buenos ratos pasabas con las mujeres. Has vivido sin dinero como un marqués, te he creado con una atractiva figura, has tenido mujeres excepcionales sin merecerlas, sigues sin que el banco se apodere de tu casa... Te he puesto en camino para el triunfo. ¿Qué más quieres, pelmazo?

- Si, pero los fracasos que me endilgas...

- Los fracasos son tuyos, yo no te he robado la iniciativa ni la voluntad; te he dicho camina y tú das los pasos, sólo tú.

- Mátame, yo así no quiero vivir.

- Tú harás lo que yo te mande.

- En eso te equivocas, me negaré a caminar. ¡Mátame, mátame!

- Está bien, ¿cómo quieres que sea tu muerte?

- Ni larga ni angustiosa ni dolorosa. Lejos del agua y del fuego.

- Está bien, tú lo has querido.