- ¡Hostias!, repito. Casi me caigo del asiento. El que fuera novio de mi chica ya se va; pero al pasar junto a mí me mira de arriba abajo con ojos saltones y cara desquiciada. El pelo, largo y despeinado, caía sobre la frente. Los dientes, grandes de cuadrúpedo doméstico, o sea de burro, asomaban en una sonrisa malévola. En las manos descompuestas y nerviosas crujen los nudillos de sus dedos. Me examinan 180 centímetros de hombre con más de 100 kilos de peso y una cara que parece cincelada con una gumía. Margarita, ¿esa amenaza va en serio?

- Habla más de la cuenta.

- Sí, pero date cuenta lo que habla, este cafre es capaz de cortármelos.

- El no sospecha de ti. Sospecha de todos.

- Joder, qué tío más cabrón; mete miedo este animal. Me ha acojonado, me ha mirado como si supiera que Margarita está conmigo y me ha elegido para dejarme sin el aparato, y yo no soy nadie sin él. Este jabalí es capaz de eso y más; ahora mismo estoy que no me llega la ropa al cuerpo.

- ¿Cómo se llama este animal?

- Herón.

- La leche, si hasta el nombre le cae bien.

Le da vueltas al asunto que lo considera demasiado peligroso. Pide una copa. Navega en un mar de dudas. No sabe qué hacer, si parar o seguir adelante. Se acuerda de Maruchi, mira el móvil, pero Maruchi no da señales de vida. Maruchi, Maruchi, que tranquilidad tenía yo contigo y que bien te lo pagaba en la cama. Y que bien me correspondías. Si ya me lo tenía dicho mi amiga Dulceinocencia: es la mujer de tu vida. Maruchi me trae a jarapo sacao; y es que cuando en una cama uno duerme encima de una o al revés, encastrados, machihembrados, la vida se convierte en una zambra de alegorías alentosas amadrinadas por la bienquerencia y el equilibrio. Hasta el amor penetra en las personas, oiga. La vida se hace muelle bien engrasado que tiene su arriba y su abajo, pero sin chirriar. Maruchi no está y no hay que darle más vueltas; ahora tiene delante a Margarita, que es pájaro en mano; observa su andar, su movimiento de caderas, su sonrisa perpetua, su pelo negro como la noche, sus tetas apuntando al techo... ¡No te cambio Maruchi, no, que me la liaste y gorda!

- Margarita, te recojo mañana, comemos algo en casa y pasamos allí la tarde hasta la hora de tu trabajo.

Si no pensara en el mostrenco de Herón se diría que es feliz, pero el repaso visual que le ha dado esta noche de abajo a arriba antes de salir del pub, no se le olvida.

- ¿Y por qué no puede ser una fanfarronada? ¿Y por qué tiene que enterarse que está conmigo? Y si se entera y viene por mí, ¿qué hago, abandono o sigo y sea lo que Dios quiera? Yo digo la verdad: si esta mujer hace bien los deberes en la cama, yo no la abandonaría nunca estando tan buena como está. Pero, claro, a costa de cortarme los cojones..., eso hay que pensárselo dos veces.

Toma el metro y se apea en Sol. Todo el recorrido pensando en el puto Herón. De momento pueden más las tetas de Margarita.

- Tranquilidad, que no cunda el pánico; respiro hondo y me refugio en un bar. Compro lotería para el día 22, pasado mañana, le pido la banqueta a la vendedora, me encaramo al monumento y le anudo la bufanda que llevo puesta a la osa que quiere comerse los madroños. Mírala, si parece otra. Vuelve a asomar la crisis en mi semblante y me preocupo. Ya he empezado con el reloj del abuelo y si sigo así terminaré sentándome en el suelo porque hasta los sillones me van a desaparecer. Debo tener mala cara, todo el día trajinando y encima el mostrenco del novio de mi chica que me ha mirado y dice que me va a cortar el aparato. Y es capaz, así que a casa que la noche es peligrosa.

Enciende la TV, se echa en un sillón y se duerme.

- Me despierto en el instante que me da la noticia de la última estafa financiera; y bajo a comprar el periódico sin saber el motivo, pues la estafa, ¿qué quieres que te diga?, a mí ni fu ni fa, pero en cuanto oigo hablar de dinero o mujeres ahí estoy yo. Debe ser una enfermedad; claro, uno busca lo que necesita aunque, como es mi caso, no lo encuentre nunca. Hay un tipo en EEUU, que se llama Madoff que ha hecho desaparecer, como si de un mago se tratara, nada menos que 50.000 millones de dólares. O sea, a ver si lo entiendo, ¿que la gente se ha quedado sin ese capitalazo y se lo ha llevado el tipo ese? ¿Pero tanto dinero existe en el mundo? Vamos a cambiarlo en pesetas, que me de una idea. Mi calculadora echa humo, es que debe ser que no le alcanzan los números. Y a mí, menos. ¿Y en España, dónde dice lo de España? Aquí, mira: 500.000 millones de pesetas. ¡Qué barbaridad! Si eso es verdad, ese dinero es forzosamente de los ricos, pues que se jodan y no sean tan avariciosos, que todo lo quieren acaparar y pasa lo que pasa, que así me tienen a mí, sin una puta perra porque se las tienen todas ellos. ¿Veis lo que os pasa por ser tan ambiciosos?, ¿es que no le podéis dejar a los pobres algo?, ¡con lo poco que nos conformamos los pobres como yo! A mí me gustaría ver a los ricos en Caritas, pidiendo que le den una sopa de ajos. Y al chorizo ese de Madoff, en el “talego”. Para que aprendan los unos y los otros a vivir como vivo yo, dando sablazos. Y sin mujeres. Aunque me da a mí que un tío tan rico, riquísimo, no esté pactando con el FBI, la CIA y Pepino Blanco (que de esto sabe) algún acuerdo. Sinceramente, a mí todo este embrollo me la trae floja.

Se va a la cama pensando en Maruchi, Margarita y el cabestro de Herón. Soñando estaba que éste lo tenía atado y tumbado en una mesa de matanza con los ojos reventados en sangre. Portaba unas tijeras de podar que ya había acomodado sus filos a los cojones e iba a cerrarlas con un golpe seco cuando se despertó. Empapado en sudor tardó un instante en recuperarse y darse cuenta que era el teléfono quien lo había despertado.

- Si no es por el teléfono me quedo sin huevos esta noche.

- ¿Diga?

- ¿Dónde te metes, que no doy contigo? Soy Maruchi.