MARGARITA SE RINDE
A la vista de cómo se van desarrollando los acontecimientos en esta historia, interminable de momento, he decidido ponerle un nombre al protagonista de la acción, pues antes de ahora protagonista y autor eran la misma cosa (sí, cosa, y de ahí no pasan) y ahora, no. Porque desde que le ha salido respondón el primero al segundo en algún capítulo de más abajo, yo, que soy el que manda en esto, he tomado la decisión de llamarle Dámaso, iniciativa facilona por ser el santo del día en que estoy escribiendo, 11 de diciembre.
De esta manera uno se desentiende de sus problemas. Que sea Dámaso el que se remueva de aquí para allá entre estas letras, enredándose en disquisiciones amorosas, en sus deslucimientos, en sus embrollos y disfraces, en su defensa contra los zarandeos que le ocasiona la crisis... Y que le aprovechen sus conquistas y sus buenos momentos, que también los disfruta y que ya los quisiera yo para mí.
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- ¡Una de gambas, Marcelino! Y un Godeval.
- Bienvenido sea usted a esta casa, hacía mucho tiempo que no le veíamos por aquí.
- Efectivamente, no era fácil verme; la investigación de un crimen me ha tenido mucho tiempo ocupado. Un caso difícil de resolver, un plato fuerte que me ha traído a zapatarama todo el tiempo; he viajado por medio mundo durante siete meses: una labor muy compleja, Marcelino, pero que por fortuna la he resuelto favorablemente. Y no me preguntes de qué va, porque aún está sub iúdice y la justicia no permite revelar nada. De momento te adelanto que la política está de por medio. Ya te informaré en su momento.
Marcelino, imbuido en la filosofía propia de la marca de la casa, lo mira fingidamente asombrado, se echa sobre el mostrador y se le acerca mirando a ambos lados de sus hombros para legitimar que ambos son cómplices y expertos en este género policiaco, y le pregunta que cuándo va a tener noticias del caso.
- No tardará mucho a pesar de que el asunto es feo y gordo.
Margarita acaba de entra y oye el final de la explicación y la actitud sospechosa de Marcelino. Después del beso impuro y de rigor, de la mano en la cintura como probando la dureza de las carnes, le pregunta:
- ¡Hola, bella mujer! Te esperaba.
La mira de arriba abajo. Tipo gentil, esbelta, su exterior a la moda, pelo corto y moreno, pantalones marcando los muslos que demuestran la maliciosa ingenuidad de la chica.
- ¿Qué quieres tomar?
- Lo que tú.
- Y de beber lo que yo te pida. ¡Marcelino, otra copa de lo mismo para mi amiga!
- ¿Es que eres policía?
- Trabajo en Asuntos Internos; actualmente he colaborado con la Interpol en un caso delicadísimo. Dejé caer la explicación desmayadamente con un gesto estudiado de deserción, de huida hacia otros terrenos. Noté que su rostro se comprimía impresionado por mi declaración. De eso se trataba.
- Es muy interesante tu trabajo.
- A mi me gusta, es metódico y racional; temerario y audaz a la vez. En este último caso ha habido una mezcla de complot, de trampas financieras, de trapisondistas aventureros, de políticos corruptos... En fin, perdona que no pueda aclararte más, pero no estoy autorizado. Sí te diré que he sido nominado por Interpol para un premio que va a consistir en un permiso de un mes en La Habana y yo, que conozco el paño, me atrevo a pensar que estas vacaciones no son limpias, sino que algo tienen que ver con Fidel.
- ¿Qué Fidel?
- Uno que vive en Cuba y que anda jodiendo a la gente.
- Ya, entonces tú vas a ir a La Habana para meterlo en la cárcel.
- Es un asunto de alto riesgo, Margarita, no puedo hablar más. ¿Quieres que te llame Marga a secas? Marga, todo lo que has oído no debe salir de entre tú yo; peligran nuestras vidas.
La chica no se entera de nada; ya no sabe donde está, tiene tal maraña en la cabeza que se le nota aturdida y debilitada. Y asustada en el momento que ha oído que su vida está en el aire. Por eso se sienta y se sujeta a la barra. Bebe y pela gambas sin chistar, con la mirada fija en la bandeja, cargada de dudas, afectada por las explicaciones de aquel hombre de elocuencia tribunicia que ha empezado a entrar en su vida. Al fin se decide a hablar.
- Me gusta el tono de tu voz: grave, de hombre sobrado. He perdido el tiempo con el otro, pero es que fue el único hombre que he conocido. Te veo unos ojos limpios.
- Sí, para verte mejor.
- Y una boca dulce y educada.
- Para besarte mejor. Ya lo verás.
- Nómbrame otra vez.
- Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar.
- ¡Qué bien lo dices! En la pajarita me escribiste que yo era una princesa triste y que mis suspiros se escapaban de mi boca de fresa. Y era verdad que estaba triste.
- Y verdad es que tu boca es de fresa y tus labios de caramelo, y que yo mato por lo dulce, ¿lo sabías? ¿Cuándo me vas a regalar el paladar con tus confites?
- ¡Vas tú muy rápido!
Cuando las lisonjas le aplacan y el vino le ha hecho recuperar el color, Dámaso actúa.
- Marcelino, llama arriba, al comedor, y di que reserven una mesa para dos. Por favor.
- ¿Te gusta el marisco, Margarita, o prefieres otra cosa?, le dice mientras le hace una seña al camarero del carrito.
Y Margarita señala con el dedo esto y aquello y lo de más allá. Y mientras dan buena cuenta de las almejas de carril, de las ostras; de los percebes no, que me salpican, pero una nécora sí; y así y más, Dámaso piensa en la factura que le van a presentar y en el temor de que le agüe la fiesta la falta de dinero. Por un instante pierde la cabeza pensando en la crisis, en el piso y en la hipoteca. Pero vuelve al ataque.
- Margarita, me gustas mucho. Cuando te vi la primera vez me dije que sería tu esclavo. No sé si podré vivir sin ti de ahora en adelante. ¿Cuál es tu estado, soltera, casada?
- Soltera, he vivido en pareja pero llevo unos meses separada de un individuo de modales primitivos, indolente, desconfiado, celoso...
- Es que estás para mojar pan, querida mía.
Dámaso no va a caer en el error de proponerle llevarla a su piso porque pudiera ser que Maruchi estuviera dentro.
- Oye, ¿por qué no vamos a tu piso y tomamos allí una copa?
- Vivo alquilada con tres amigas.
- La jodimos.
- ¿Decías?
- No, que pudimos, pudimos haber pasado la tarde allí.
Queda el recurso de un hotel, pero se le acabó el dinero que le mangó a Maruchi. Maldita crisis, otra que se escapa hoy por su culpa. Ya empiezan mis problemas con la crisis. De todas formas queda tranquilo porque después de la paliza que se dieron en la cama esta mañana Maruchi y él, no tiene confianza en sus fuerzas y antes prefiere una retirada a un gatillazo. Es media tarde y tiene prisa; va a adelantar el plan que ya tenía preconcebido en virtud del feliz camino que ha tomado el encuentro con Margarita, así que la acompaña a su piso, Leganitos, 69, y se dirige presuroso al suyo, que se lo encuentra expedito, sin la que le puso los tarros. Llama a un cerrajero 24 horas, cambia la cerradura, vuelve a hacer la maleta de Maruchi y se la deja en el descansillo con una nota: Adiós pichona, volando tan bajo te alcanzan los disparos. La despedida con la que quería decirte adiós, resultó jubilosa y digna de contar a nuestros hijos.
Aún así, y conociéndola, cree que Maruchi no se va a ir de rositas. Algún numerito le montará.
POR LA MUJER Y EL VINO YERRA EL HOMBRE SU CAMINO












El Mayoral dijo
¡Dios la que se va a montar como se despierten los celos entre los unos y los otros...!.
Dámaso y su autor seguro terminan a tiros. Pa mi que quien las va a diñar es el autor..
Maruchi y Margarita terminan por arrancarse el moño y, si se me apura, hasta los pelos del papagayo...
A Fidel (Por cierto, ¿qué es eso del malecón de La Habana?; Fidel, de malecón nada, ¿eh?) Digo que a Fidel le veo perder la barba antes que la vida..
... Y esto no lo descubre y deslía ni el más fino colaborador de la interpol . Más grave el asunto que la misma crisis..
13 Diciembre 2008 | 12:30 PM