La Biblia nos ha dado hecho carne un personaje que es ficticio. Y más tonto que Abundio. Se trata de Adán. Realmente fue tonto hasta que, de acuerdo con los textos, se comió una manzana y ella, que se llamaba Eva como mi frutera de la esquina, se comió al mismo tiempo un plátano con el mismo placer que a mi frutera le llega cuando lo vende todo. La iglesia no habla de esta fruta que le mostró Adán, pero yo sé que se la comió. Fue entonces cuando Adán se dio cuenta del tiempo que había perdido enseñando monerías al mono, silbando a los pajaritos, desenterrando larvas de caracoles, llevando nidos a Eva, y cosas así. Como un niño, vamos, para que se me entienda.
Y mientras comían, se dijo, “¿Qué hace esta hoja aquí abajo, que ahora me está estorbando?” Y la perforó mientras; pero seguía molestando. Y se deshizo de ella y vio que era bueno como quedaba su cuerpo. Pero entonces, instantes después, descubrió el sentido del ridículo y sintió frío y hambre y sueño y agotamiento y todas las demás cosas que padezco yo. En lo primero que pensó fue en cubrirse, en tapar su pelambre y sus carnes morenas, no vaya a ser que Eva un día cualquiera le dijera que iba hecho un adán y lo dejara por el mono, que todo podría ser, porque a la hora de contar mentiras a mí no hay quien me gane.
A partir de entonces el hombre empezó a preocuparse por el vestido, y desde que se cubría con pieles de gacela hasta las de visón no ha cambiado nada, excepto las ganas de presumir ante las damas.
Y de esta manera llegamos a los tiempos actuales.
Los domingos mi madre me ponía de punta en blanco para ir a misa, que era el escaparate donde se asomaban todas las madres: zapatos relucientes; calcetines altos; las rodillas, que se veían, frotadas con estropajo de esparto; pantaloncito corto descubriendo la eficacia del restregado; camisa azul marino, corbata y gorrita. Mi padre, enciclopédico y cartesiano, me miraba con retintín y me decía que iba muy repipi, como los niños litris. “No te ensucies”, me reclamaba, pero yo ni lo entendía ni me gustaba ir como mi madre me preparaba. Así que después de la misa, me apuntaba a jugar a lo más violento que hubiera: pídola, rescate, puños vainas tutú, y cosas así, para que la sociedad infantil no me excluyera. Así descubrí y adquirí mis primeros signos de distinción. Y me percaté que lo distinguido a la hora de vestir es no saber qué ponerse, de tal manera que según elijas, así eres de distinguido. Y, claro, si vistes calcetines blancos, chaleco de fantasía y camisa estampada con bolsillito para guardar el condón de colores y de olor cuando acudes a los bares de ambiente, te estás distinguiendo como un perfecto hortera. Si eliges la chupa casposa a la que continuamente la sacudes con el dorso de la mano, no hay duda que serás distinguido como un macarra purista. Como el parloteo no suele caer en análisis profundos, la apariencia termina adquiriendo un definitivo valor simbólico. Y de esta forma terminamos creando una chorrada de frase de un autor que mejor es no conocer el nombre: Dime como vistes y te diré quien eres. O algo parecido.
Yo, hoy día, tengo mis distintivos alejados de cualquier tribu. Por el qué dirán, ¿saben? Y porque llegué a conocer muy pronto la humillación que late en su epicentro el sentido de una vestimenta o de un peinado. Yo no sigo la moda, claro está, yo la inventé la primera vez que me puso mi madre calzones largos de media pierna y lo de adentro. Me miró una chica de las de furor uterino y adivinó el slip ceñido, que luego patentó y enriqueció a Calvin Klein, o como se llamara, en detrimento de los que luego embraguetó Ferrys. Fui un adelantado y uno se aguanta estar fuera de época. Pero no todo el mundo piensa lo mismo: Que le den por saco a mis padres, que me pongo así y me lleno la cara de ferretería porque soy diferente y soy la hostia. ¡Hombre, no!, un respeto, porque cualquier noche mientras duermes tu padre te saca con unos alicates los adornos de la cara.
Y de casa, chaval, no hay quien te eche, pero señalado sí vas a salir de ella.
POR LA MUJER Y EL VINO YERRA EL HOMBRE SU CAMINO

Por culpa de esos adan y eva que tenemos que madrugar cada lunes... si lo pillase ahora se iban a enterar...
Casi todos decimos que no vamos a la moda, pero cuando se va a una entrevista de trabajo bien que nos retocamos y nos ponemos de todo en el pelo para que no se mueva.
Pero es lo que ahi, a llevarlo lo mejor posible.
Me puedes creer si te digo que nunca he ido a la moda ¡soy un desastre! Pero dentro de ese desastre y de lo feo que soy tengo una cierta elegancia, creo que es la elegancia de la humildad, del que nunca ha tenido nada, pero que no necesita nada, no sé si me explico, en fin que muchos tiran de trajes pero van más secos… yo en cambio no marco modas ni estilos pero siempre tengo para mí cafelito y alguna cosilla más.
Adán lo mejor que hizo fue pecar, en eso somos idénticos, soy un pecador nato, si pudiese pecaría todos los días, aunque fuese condenado eternamente ¡pero no puedo por feo!
Un abrazo amigo, gracias por tus comentarios.
PD. ERES BUENO
Menos mal que por una vez sale alguien y dice bien a las claras que Adán fue un imbécil porque normalmente la historia no es así y la culpable de que todos los días nos tengamos que vestir, la tiene la pérfida y guarra de Eva por "hacer" pecar al hombre y de ahí vino la ley que metía en la cárcel a las mujeres por adúlteras, mientras ellos podían hacer ídem y eran unos machotes.
Muy bien
gracias por estas dos perlas..
sentencia de las grandes.. "como el parloteo no suele caer en análisis profundos, la apariencia termina adquiriendo un definitivo valor simbólico.."
y la imagen alicates.. " Y de casa, chaval, no hay quien te eche, pero señalado sí vas a salir.."
eres un figura...
No puedes imaginarte, amigo MCisneros lo feliz que soy desde que me jubilé. Y no solo por el hecho importante de no tener obligaciones, sino por dejar de usar el uniforme inherente a mi trabajo (traje, corbata, camisa bien planchada, zapatos lustrosos, etc.)
Llevo mas de 10 años sin comprarme una corbata y en ese tiempo creo haberla usado en una ocasión y a regañadientes.
Y tengo por seguro una cosa: la distinción no está en el vestir, porque hay por ahí algunos figurines que no son ejemplo ni de distinción ni de nada.
Un abrazo.
¡Plas, plas, plas! Si señor: estoy contigo, desde el cuento de Adán hasta en el tema de la moda. Lo has bordado.
Feliz semana...o lo más que puedas:-)
Besos
que tengas una buena semana..
yeidylayei
Me presento: yo soy El Mayoral a quien un buen día le preguntó un gavilán que cuántas reses guardaba o controlaba. Le contesté con aquella vieja adivinanza matemática:
"Con éstas/ otras tantas como éstas/ noventa y seis más que éstas/ con tu gavilana, y contigo, gavilán/ ciento cabal..."
Es decir, una sola res: un torito bravo por mascota y que se llama "Curro"
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Sobre todo te pido disculpas si ando más de la cuenta o debido en la extensión de mi primer comentario. Es que yo no dispongo de un espacio o blog (me da miedo registrarme por mi falta de oficio) y tengo que aprovechar este lugar de los comentarios.
A tu blog me ha remitido con todo acierto otro amigo bloguero, al que le quedo muy agradecido. No todos los días te encuentras con gente que, ante lo angustioso de una crisis económica, y con todo lo que se nos avecina, se tome a tanto cachondeo las cosas, tomando a la propia crisis por musa de su cachondeo. ¡Vivan los cachondos mentales...!. De verdad.
En esto de Adán y Eva (que da para mucho) lo que más me ha llamado la atención han sido esas figuras de, "frotarse las rodillas con estropajo", lo de "La pídola", "El Requetao" (así le llamábamos en mi pueblo al "Rescatao"); lo de "puños, vainas, tuturutañas..."
Digo que, tú tienes que ser de mi quinta, más o menos, ¿no?. Me gustaría que me contestaras como amigo. Yo ya he guardado la llave de tu puerta en el llavero de mis favoritos mas cachondos
Me haces recordar esa época... que tenia que pasar inspección con mi madre... especialmente eso de los estropajos de esparto que me restregaban los codos y las rodillas como si fuera papel de lija. Pero hay algo en el vestir, y no hablo de los conformismos o costumbres como la dichosa corbata y la camisa almidonada. La ropa nos idéntica nos define en nuestros papeles sociales.
Me gusta mucho como escribes, como describes y lo que cuentas.
Un abrazo. Armando
Dicen por ahí que "según te veo el hato, así te trato""...pues sabes qué??...que le den al hato!!...:-)) ( me ha gustado mucho tu historia, por cierto).
Un fuerte abrazo, "amigo"...