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La Coctelera

acibuchando

POR LA MUJER Y EL VINO YERRA EL HOMBRE SU CAMINO

2 Abril 2009

COLORÍN COLORADO

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¿SERÁ FELIZ?

 

Queda concluida la historia del vago e indeterminado Dámaso con el presente relato. Y al igual que la historia, queda cerrado el blog. A Dámaso se le acabaron las andanzas de ir a “salto de mata”, vuelve a una vida ordenada (¿seguro?) y este personaje, así, no tiene ningún interés. Para mí. De manera que demos a su personaje por cerrado y, en consecuencia, el blog.

Mis respetos y mis gracias infinitas para todas aquellas personas que han seguido el blog y se han entretenido en afearle o criticarle o ensalzarle su particular forma de vida.

_________________________

Y la mañana llegó después de una noche lenta. Dámaso la pasó casi sin dormir pensando en Erna. Vivir en un apartamento para ellas dos solas da mucho qué pensar, ¿qué harán ahora, estarán solas? Seguro estoy que el gachupino está metido en la cama con su compañera y ella, mi pobrecita Erna, los oirá mientras piensa en mí. ¿Y si a mi Erna se le arrebata la sangre y se cambia de cama? No, no puedo dudar de mi chica, la conozco, sé que está pensando en mí. ¿Y si no fuera así… y están los tres juntos? Dios santo, que pesadilla, así no hay quien viva. Pero la pesadilla la tuvo de madrugada en el poco tiempo que disfrutó del sueño. Soñó con trenes, con el bufar de una locomotora que entraba furiosa de ruidos y humos a la gran marquesina de la estación. Vomitaba por sus branquias gentes de todas clases. Llovía y se refugiaban tras carreras locas en la cafetería. Dámaso se entretenía mirando el espectáculo y no se percató de que una mujer de edad madura lo miraba. La camarera le entregó una nota: “de parte de la señora del rincón”. Con letra torpe y picuda venía escrito “te quiero poseer”. Al mirarla le estaba insinuando con el dedo índice que se acercara a su mesa. Fumaba y le pareció vieja, fea y ridícula. Recordó a Erna y se estremeció pensando estar encima de esa bruja pasa, tan pintada como un cartel de anuncios. Ante la pasividad de Dámaso la vieja se levantó, se le acercó y lo besó. Olía a tabaco, a carmín y a pomadas. Se abalanzó sobre él y en el rechazo palpó sus carnes flácidas, sus pechos laxos, y observó su cabello grasiento y  su boca repugnante y desdentada que reía sin parar mientras se le acercaba y le oprimía más y más. Quiso deshacerse de ella, huir, pero no podía, lo tenía atrapado, sujeto a la barra del bar con una fuerza inusual. Pensaba en Erna, en su dulzura, en su compasión, en sus besos, en el amor: crecía su deseo por ella. La vieja no paraba de reírse ni de besarle. Le enseñó el sexo. ¡Erna, Erna! Se despertó pronunciando su nombre y con él la llegada de una ola de gratitud hacia su Erna amada.

La llamó.

- Voy a verte ahora.

Abandonó el piso y vagabundeó un rato por entre las acacias del parque próximo. Suprimió su bienquerencia y partió de cero dándose tiempo para ordenar sus ideas en una metafísica que jamás había aplicado. Fueron sólo unos minutos. Tomó el metro y se dirigió a su destino. Ella ya lo esperaba. Se besaron y hablaron mediante valores entendidos que habían aprendido a utilizar desde que se conocieron. Los ratos de intimidad han acabado encontrando a Dámaso rodeado de las virtudes de esa chica, forzado a vivir su cuerpo, que es mucho más que su cuerpo y rebasa siempre sus formas, porque Erna va dejando imágenes de sí misma, rastros, huellas, en todas las miradas, en todas sus palabras.

- Erna es incansable, agota mi paciencia al saberse estar en su papel de perseguida por un hombre. Estrena vestidos como si no los estrenase, como si lo natural fuese tomar cada mañana, cada tarde, cada noche, un vestido nuevo y ponérselo durante unas horas. Si repite alguna vez sus vestidos es por una fidelidad momentánea a un día, a una tarde, a algo que le ocurrió  y que de algún modo vive dentro de ese vestido. ¿Es nuevo?

- Me lo compré ayer. Es para la ocasión de esta tarde, quiero decirte algo importante.

Dámaso la llevó esta vez a la plaza de Santa Ana, plena de terrazas, plena de murmullos y vida. Ocuparon una mesa. La miró a los ojos.

- Erna, amo tu boca fresca, tu alegría repentina, tu gentileza, tus aciertos, tu ternura, tu humanidad, tu suavidad…

- Vente conmigo.

- Estoy contigo. Siempre quisiera estarlo y vivir cada momento…

- Digo a mi país.

La cogió de las manos y se las besó.

- Erna, yo iba a decirte que te casaras conmigo y te me has adelantado. Me estabas educando para la muerte. ¿Cuándo es la partida?

- Cuando pongas tus cosas en orden. Yo te espero.

- Lo único que tengo que poner en orden es la hipoteca del piso.

- La solucionaremos mañana. En lo sucesivo, tú trabajarás y te ocuparás de pagarla. Siempre será bonito volver a Madrid de vez en cuando. Es bella esta ciudad. Porque trabajarás, ¿no? ¡Prométemelo!

- Esto que te voy a decir no lo entenderás, pero yo soy el paño y tú las tijeras: corta. Que sí, mi niña, que sí.

- Entonces, juntos.

- Hasta la muerte.

De regreso, ya de madrugada, Erna escuchaba esas palmas últimas  que vienen de una juerga flamenca donde el clarear del día ha aguado ya el vino lívido de los trasnochadores. Cisneros, con su silencio, dio su aprobación.

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12 Marzo 2009

DÁMASO SE DESESPERA

 

- No fue esa tarde, ni otra, ni la siguiente a la otra, pues ni corté orejas ni me dio un revolcón que me dejara sin esperanzas.  Estrechaba mi mano con un gesto elegante y cómplice que me daba paso a creer que mi presencia le era agradable, pero nada más. Después conseguí acceder al piso que compartía con su compañera y conversar con ellas o tomar cerveza o jugar a cartas y aprovechar para rozarle con la rodilla su muslo, pero que no. A veces quedaba quieta, como complacida, y yo entonces me aventuraba a bajar la mano, sin éxito porque ella rompía el encanto retirándose. Tuvo que transcurrir una semana para conseguir un beso íntimo que yo le di en una ocasión en la que nos encontramos solos y ella lo recibió con sus brazos rodeando mi cuello. Pero me hizo entender que reservaba su cuerpo para aquél que fuera su marido. Así pasábamos las tardes. Al anochecer quería conocer el otro Madrid más lejano de su residencia, más moderno, más bullicioso.

- Te puedo asegurar que no tiene nada de particular.

Pero salíamos, solos los dos. Con su dinero siempre. Le gustaba ver las calles iluminadas, los escaparates repletos de productos, las cafeterías modernas, el soniquete de la vida, el trajín de la gente saliendo y entrando a los hoteles o a los cines. Erna absorbe el pulso de la vida nocturna y me transmite la seducción del momento apretando su mano a la mía, como dos novios vamos, como dos apasionados. Yo veo a las señoras más perfumadas y más guapas que nunca. Esta es la hora en que las secretarias de los gerentes se quedan a solas en los despachos con sus jefes, en la penumbra del cuero y el estucado de las oficinas de lujo, y los jefes acarician la piel de esas mujeres jóvenes. Y yo con una envidia miserable porque pudiendo hacer lo que esos jefes de manos anilladas, Erna me mantiene a distancia, controlando con la frialdad del mármol los tiempos y mis pensamientos antes incluso de que estos surjan.  Estoy enamorado de este cuerpo ingenuo y pudoroso. Reconozco que soy un pelele en sus manos; me está dominando esta noruega, me lleva a su terreno y yo no sé  ni quiero salirme de la senda que me marca. Sabe lo que quiere y tiene lo que necesita. Esta mujer es mucha mujer, maneja los hilos a su antojo, tiene dentro de la cabeza una bolsa de hielo que no se le licúa nunca ni funde su destilación la calculadora que procesa todos sus registros. No tiene un resquicio por donde atacarle, desearía enseñarle cosas perversas pero no hay fisura capaz de inocularle un virus malintencionado que la distraiga de su férreo pensamiento. En definitiva, he comprobado que es una joven inteligente capaz de controlar mis procederes, de frenar mis modos y mis actuaciones y deshacer de un soplo mi estilo de vida, esas actuaciones con las que siempre me he sabido gobernar exitosamente con la precisión de un Patek Philippe. Y lo malo del caso es que yo sé cómo es, y me gusta que así sea porque eso será seguramente lo que me ha cautivado. Pero estoy perdiendo mi esencia, me doy cuenta de ello y no reacciono para poder recuperar mi libertad. Y lo peor del caso es que ni me rebelo ni quiero, con lo que mi situación es deprimente y comprometida con mi espíritu. Pero allá vamos, avanzando al paso que ella quiere y yo feliz con verla. Le dije un día que la amaba dibujándole en el aire un corazón: Yo mucho amor, tú. Y le apunté con el dedo su pecho. Y la besé y me besó. Y fuimos otros después de mi declaración. Y volvía a llevarla a cenar o a almorzar a algún restaurante  de medio pelo o de lujo moderado, a tomar copas, a pasear, al cine... No le importaba gastar el dinero conmigo.

 

- ¿Marcha la cosa bien, Dámaso?

- No me puedo quejar, jefe, pero no me deja entrar a matar.

- Eres mayorcito y con experiencia, de manera que tú sabrás lo que haces. Te agradezco que no me pidas ayuda.

- Esta ingenuidad de mujer, y su cuerpo, que es ascua y estrella, me están descomponiendo; pero sabré salir.

- Ten en cuenta que ella está de paso y algún día debe irse de Madrid. Si ahora tienes el corazón machacado, ¿qué será cuando te diga adiós? ¿Te lo has pensado?

- No. Pero quiero a esta chica más que a mí mismo y no se me puede ir así como así. Yo no puedo seguir de esta manera, mañana le daré una sorpresa.

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18 Febrero 2009

DÁMASO SE ENAMORA

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- ¡Virgen santa, si es virgen esta noruega! ¿Cómo puede ser que a estas alturas una chica con esos años pueda ser virgen? No entiendo cómo una mujer con esa cara de ángel, ese cuerpo esbelto y esa dulzura que va derramando por doquier, ni siquiera la haya poseído contra su voluntad algún fauno despreciable. Nunca entenderé que esos labios no los hayan besado, que ese cuerpo no lo hayan tocado. Noto que al pensar en su posible virginidad hollada siento celos del mundo entero, son unos temblores que me hacen cambiar de posición, un sobresalto me llega de sopetón y me arruina el razonar. Quiero ser el primero en poseerla, yo voy a ser el único en encontrarle los rincones de su cuerpo, en besarle la riqueza de su piel, en navegar mis manos por sus dunas, en penetrar sus adentros. Yo, seré yo y nadie más va a compartir esta delicia conmigo. Me encuentro confuso sin ella a mi lado, desesperado sin saber qué estará haciendo, en quién estará pensando. Esta muchacha va a terminar conmigo. Yo, que nunca di crédito y me había reído de los amores de Muñoz y la Pantoja, de Tristán e Isolda, de Dafnis y Cloe, de Calisto y Melibea, vuelvo a ellos, a sus lecturas, para saborear el placer de sufrir de amor, para estar junto a ellos y que me enseñen a soportar la tortura que me ahoga, el tormento que me atenaza; que me despierten la calma que necesito. Sus lecturas, ¡qué gran premio!

Declara Calisto: Téngolo por tanto en verdad que, si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta felicidad.

La recibe Melibea: Pues aún más galardón te daré yo, si perseveras.

Tus dioses te ganen, Erna, para que me contestes en semejante tono una vez que te declare mi amor. Te seguiré hasta la muerte con tal de conseguir tu amor y mi felicidad. Seré perseverante en la conquista. Qué amor tan profundo, Calisto, ¿cómo se te ocurren estas palabras divinas? ¡Qué gran apoyo me das! Ni siquiera entre santos serás tan feliz como teniéndola a tu lado. Eso me está pasando a mí, Calisto, que vivo sin vivir en mí (no, esto es de una santa), quiero decir que ni como ni duermo pensando en ella. ¡Oh! Erna, alma de mi alma, perpetuo imán de mi vida (no, esto tampoco, esto lo he leído yo pero cae bien aquí y también lo dejo). A ver si me reconforta igualmente otro libro, si su lectura me tranquiliza y me llega la moderación y el reposo. Y la pachorra perdida. Erna, se me antoja que eres como la pastorcilla Cloe, ayuna de amor; ayuna de sexo que no por ser desconocido no era deseado. Y buscaba el encuentro, quería ir hacia él, pero Dafnis, que es su amor físico, no le satisfacía la curiosidad, pues se hallaba en el limbo al igual que ella. Yo esta tarde le contaré a Erna lo que el pastorcillo le dijo a su amada, pero cambiando las palabras de boca: Nos hemos besado y de nada ha servido; nos hemos abrazado y ha servido más o menos de lo mismo; así que acostarse es el único remedio del amor. Habrá que intentarlo también: seguro que habrá en ello algo de más efecto que el beso. Ves, cuanta humildad e ignorancia se respira en estos dos jovencitos que aún no han salido del nido, pero que ya mismo van a empezar a volar. Así estás tú. ¿Le preguntaré si quiere acostarse conmigo? Yo creo que es pronto para iniciarla, aunque si he de ser sincero no siento esa necesidad animal de posesión y goce como con otras mujeres; no, esta chica es otra cosa y yo soy otro ante ella. Me tiene atrapado esta joven de labios deliciosamente vueltos hacia fuera, que sabe mirar a los ojos, que sabe sonreír, que sabe dominar sus manos, que sabe cuidar su pelo... Tiene algo de mujer cara que me trastorna. A su lado soy un pobrecillo que se vuelve loco por una mujer bien presentada.

- Dámaso, tienes que decidirte, vas a enfermar o morir de amor.

- Esta tarde. O corto orejas o me llevo un revolcón.

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13 Febrero 2009

DÁMASO, EN EL

DÍA DE SAN VALENTÍN,

MUCHAS FELICIDADES.

¡QUE PASES UN BUEN DÍA!

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10 Febrero 2009

ERNA, LA NORUEGA

 

- Dentro de la cafetería y acomodados, esta señorita y yo balbuceamos, somos como dos niños aprendiendo a hablar. Nos movemos por la espuma del lenguaje en un vaivén, en un tuyo y mío tenístico que nos va acercando el uno al otro y al que le vamos sacando partido con tesón.  Ella conoce cuatro palabras del español, yo ninguna del suyo. Pero no importa, nos arreglamos por señas. ¿Cómo te llamas? Se encoge de hombros. ¿Nombre, tú?, y le apunto con el dedo índice tocándole el cuello de la camisa. Sonríe. Bebe, que se te enfría el café. Y lo bebe a sorbitos, mojándose los labios únicamente. No le gusta, así no se toman las cosas en España. ¿En su país no habrá café? Esta chica parece de buena clase, no pienso yo que tome malta en su casa. ¿O será que se cuida y ni siquiera café acepta? Pudiera ser, porque es de vientre plano como una tabla. ¿Cuántos años tendrá ese cuerpo, veinticinco, veintiocho? No me importan sus años, está en la edad de hacer feliz a un hombre disoluto como yo, licencioso en cuanto al amor. O a cualquier otro, pero me elijo a mí mismo. Parece esta chica ser muy cándida, de corta vida mundana, de pocos vuelos, y quizá por eso me atrae doblemente. ¿Tú, novio?, le digo juntando y tocando uno contra otro los índices de mis manos. No me entiende. Monto el dedo medio sobre el índice y ahora reacciona. No way yo student medicine. Por lo que se ve esta muchacha ha entretenido todo el tiempo de su vida en estudiar. Mejor, me emociono lascivamente pensando que es virgen. No hay pausas en nuestra conversación, todo sale fluido y graciosamente. En fin, yo podría seguir escribiendo del pasaje surgido en la mesa de la cafetería hasta mañana, pero no dejaría de ser un diálogo sin interés para el lector; así que resumo y creo ajustarme a la verdad si digo que interpreté que su nombre es Erna, es noruega, reside en Bergen, y es médico forense. Descubrir su especialidad médica me costó Dios y ayuda. Me removí en la silla cuando averigüe tal singularidad, pues la vi entre cadáveres, sierras y vísceras. ¡Qué lástima, una chica tan bonita! Deduje que con los gestos y con un boli se entiende uno en idiomas diferentes. Vino con una compañera y ambas ocupan un apartamento por La Latina. Es hora de irnos, el camarero está pendiente de nosotros. Money, yo no, le digo. Extrae de una cartera de fina piel un billete de 50 euros. Lo cojo y le adelanto: Mío, yo devolver. Ella no habla, tampoco dice “oh” como en las películas, sólo sonríe, siempre sonríe esta muchacha. Es de sonrisa honesta y de boca dulce. Me atrae su humildad, su disciplina al trato, su timidez, su vestir sencillo y elegante. ¿Y su cuerpo? Ahí está, esperándome como un oasis, porque si no ¿qué hacemos juntos, perdidos en Madrid, vamos a ver? Pago y nos vamos. Paseamos la plaza por el sol tibio de la mañana. Le hago infinidad de fotos con su cámara, buscando los mejores perfiles y los más bellos contrastes. Ella me las hace a mí, y a los dos unidos cualquier paseante que abordamos. Ya no me corto y como si jugáramos abrazo su cintura, junto mi cara a la suya, aprieto su mano. Mil fotos de todas las maneras. Me gusta esta chica, noble y prudente, que no da gritos, que no se enfada, que es generosa. Bueno, generosa tocante al dinero y la amistad, que ya veremos si con lo otro, cuando se lo proponga, se comporta igualmente. Hay en esta mujer un fulgor que no he visto nunca en ninguna otra, un fulgor que me arrastra, que hace que la siga. Los ojos me chispean cuando la miro, y si es de cerca, brillo y lumbre debo transmitirle. Pero su serenidad me contagia y me vuelve blando y dúctil. ¿Qué tiene esta muñeca nórdica que no tenga una española? Quiero besarte. No, vergüenza, me dice la tía. ¿Será que la siente porque es nueva en amores y en sexo, o será porque estamos en público? No voy a averiguarlo, es pronto, esperemos otra ocasión. Te invito a comer, le propuse.

- ¿Comer?

- Food, ¿tú querer?

- Me dijo sí en español y la llevé a La Taurina, en la Carrera de San Jerónimo, aquello te va a gustar, es distinto, ya verás. Pedí rabo de toro para los dos. Observo que come lo imprescindible y bebe lo esencial. Claro, así se explica ese cuerpo ondulante y lujoso, sin tacha. La miro a sus ojos claros con los que mira el plato, le digo que me gusta y no entiende mis palabras, pero lo adivina en mis ojos y en mi semblante. Sonríe y sonríe sin hablar. Algo me está ocurriendo, soy un extraño dentro de mí; en estos casos de amoríos mi comportamiento siempre ha sido diferente, esto es, más licencioso, con un libreto más amplio, más libre, más postinero. Pero ahora me voy encontrando constreñido, encorsetado, limitada la voluntad y la intención. Lo sé porque soy honesto en todo cuanto le hablo. ¿Dónde ha ido a parar mi libertad de vértigo? Tengo ganas de abrazarla, de besarla, de quererla.

- ¿Has dicho quererla, Dámaso?

- Sí; ¿qué me está pasando, Cisneros?

- Pues que te estás enamorando, idiota, lo más natural del mundo. Ya era hora, pichón.

- La dejé en el portal de su piso porque no me permitió subir. Pero me dio un beso de despedida que no fue más allá de un roce de labios  que a mí me supo como el mejor de los besos recibidos.

Dámaso vuelve a casa acompañado por su silencio y el rumor nocturno de Madrid. El perfume de las acacias, el cielo enjoyado, el coche de la policía, la taquillera del metro, todo, absolutamente todo, le recuerda a Erna.

- Cisneros, lo estoy pasando muy mal.

- Y lo que te queda, pajarito.

                                                                                    

Tags: guiri, amor, enamorado

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4 Febrero 2009

UNA CARICATURA

Dámaso, ya de vuelta de Egipto, zangolotea por la ciudad, a ver qué cae. Es temprano, no es costumbre que tan de mañana esté en la calle, pero el contraste entre el silencio de las pirámides y el ruido atronador de Madrid no lo dejan dormir bien y hoy lo han echado de la cama antes de tiempo. Y también porque ya añoraba el asfalto caliente de la ciudad, que es ese su mundo y su vida: que tanta arena y tanto sol lo tenían aturdido.

 

Toma café con churros y un chupito de orujo en la “Taberna Quitapenas”. Va entonado camino de la Plaza Mayor. Ha recordado que los pintores y dibujantes que allí trabajan atraen al turista. No le será difícil conversar con alguna guiri y si puede, ligarla. Mucho mejor. Como el felino, dar un zarpazo, matar y descansar.

Una chica rubia y alta posa ante un caricaturista moro. Miro al papel y a ella alternativamente y sonrío. Le sonrío a ella y ella me devuelve la sonrisa en un gesto de complicidad. Soy el único observador. Me está preguntando que si el dibujo va bien, que si se parece a ella. Le levanto el pulgar y le lanzo un beso disimulado que ella recoge.

 

- ¿Por qué lo recoge, atontado?

 

- Porque lo sé, porque lo he visto en sus ojos, porque entiendo los lenguajes corporales. Y porque le va bien al guión, ¿qué te crees?

 

Como al moro le queda un rato largo, me voy a dar una vuelta sin alejarme mucho. El sol luce elegante, la gente se mueve por toda la plaza, se hacen fotos delante de la estatua de Felipe III, las terrazas están puestas y las mesas adecentadas. Las palomas revolotean sobre la cabeza y alrededor del monumento ecuestre. Dámaso, entre tantas mujeres, piensa en las mujeres.

 

- Son un misterio. Desde los albores de la humanidad, son un misterio.  Me imagino al barbudo en la cueva con el cacharro de pintura en la mano y mesándose la barba porque no sabe enfrentarse al misterio de interpretarla, que quiere pintar a la mujer y no sabe como representarla. Al ciervo y al gamo qué fácil le resulta, incluso al hombre, le hace una raya vertical, la divide en dos abajo y ya está. Pero la mujer... Se puede llevar todo el día mirando a la pared y seguir pensando. Y al lado su parienta, que le gruñe y le rompe la concentración. ¿Te has parado a pensar qué hago con este costillar de mamut? ¿Vas a estar todo el día adorando la pared o me vas a ayudar? En lugar de perder el tiempo con las pinturitas esas, ¿por qué no inventas el fuego para que me facilite  guisar y que con este bicho me pueda hacer una caldereta? Ya tendrás tiempo después de seguir haciendo el canelo. Aquí, aquí en la respuesta fue donde tuvieron su origen los malos tratos y el canibalismo. Porque a esa mujer estoy seguro que el pintor se la comió viva.

 

No te atormentes, Dámaso, que el único consuelo que le queda al género humano en sus inútiles y múltiples rodeos literarios para saber como son las mujeres, es que ellas tampoco lo saben. ¡Y eso que han escrito libros de éxito hablando de que los hombres son incapaces de saber cómo son! Lo que saben; ¡son menudas! Y no pierdas de vista a la rubia de la caricatura, que vengo observando que ella su mirada no la tiene perdida. Y a ti eso ahora es lo que te importa, deja al barbudo de la cueva de una puñetera vez.

 

- Estaba al tanto, Cisneros, no crea que me ha despistado la bruja del mamut. Es mucho ayuno el que lleva mi cuerpo para olvidar a la rubita.

 

Vuelve al moro dibujante, la caricatura está casi terminada, alguna sombra falta, algún retoque, alguna línea en la comisura de los labios.

 

- Miro a la rubia y ella me mira. Sonrío y me sonríe. Se te parece, sí, rubita. Ahora que se ha relajado y reclinado un poco y se hace mollar, le doy un repaso y bajo la mirada hasta los zapatos, cubriendo todo su cuerpo y todas sus formas. Es alta, se le ve al primer vistazo; piernas largas, cintura estrecha, ojos de miel, boca grande de labios carnosos, pechos como palomas prisioneras excitadas y prestas a volar. A mí me parece que están locas por salir de su jaula y perderse. Que no se perderán, que aquí estoy yo para cogerlas al vuelo. Le señalo con el índice que se levante y venga a verla, que ya está firmando el dibujante. Se ríe cuando se ve, me acerco a ella. La cojo del brazo para señalarle otra perspectiva y me roza su cuerpo. Esto marcha. Es como yo de alta, su piel es blanca y moteada, esta chica no es de las nuestras, no es de aquí. Paga y se retira. Es rubia como la cerveza, el cabello largo. Bueno, a mí me da igual que sea largo o corto. Rubia me gusta, conozco a pocas. Como hasta ahora no ha abierto el pico no sé si me entenderá. Ven, le digo cogiendo de nuevo su brazo, te invito a tomar un café.

 

- ¿Café?

 

- Eso. O lo que te apetezca. No me ha entendido, pero la hago pasar a la cafetería, nos sentamos y pedimos. Y conversamos, más por señas que utilizando palabras. A la hora de pagar vendrán los duelos, ¡no tengo un céntimo! ¿Cómo te llamas?

 

- ¿Qué?

 

- Tu nombre. Y se lo digo apuntando y rozando mi dedo índice el cuello de su camisa.

Tags: caricatura

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27 Enero 2009

DÁMASO DESCANSA EN EGIPTO

- Dámaso, después de lo que te ha acontecido en los dos últimos capítulos, necesitas unas vacaciones; sé que has sufrido deseando tu muerte, pero ya verás como no es para tanto. Cuando te enfríes lo verás con mayor lucidez. Una cosa no es la misma analizada en caliente que en frío. Así se lo dije y va el maricón y se me larga a Egipto. ¿Pero qué coño haces ahí, pisando arena y tragando polvo?, le pregunté cuando me llamó.

- Estoy de vacaciones, ¿no se acuerda que me las dio usted? El sitio es lo de menos, ¡a mí que más me da! ¿Que hay que ver pirámides?, pues se ven y santas pascuas.

- ¿Y el dinero?

- Un banco, que se instaló nuevo en el barrio, me dio un crédito en forma de tarjeta. Ya veremos cómo y cuándo pago. No se preocupe, me salió barato, aproveché una oferta y cuando acordé me metió la agencia en el avión.

- A lo hecho pecho. Tenme al menos informado de tu visita a esa solanera.

Y así fue. En conversaciones puntuales me iba informando mediante el teléfono –a mi cargo las conferencias, claro- de lo que estaba sucediendo; pues resulta que había sido descubierta en la Gran Pirámide un túnel desconocido y una cámara con nuevos signos jeroglíficos que resultaban indescifrables, y un sarcófago que se alejaba su aspecto y conservación de las costumbres al uso. Yo, al final de todas las llamadas, recapitulé todo lo que me había contado y la historia quedó desde el principio como sigue:

 

El titular del Ministerio de Conservación del Patrimonio Artístico de Egipto, interesado antes que nada en el esclarecimiento rápido del caso, habló con su homónimo alemán encareciéndole la ayuda necesaria para descifrar y poner en claro el importante hallazgo. Gente metódica. Se presentó a pie de obra un trailer cargado de material electrónico, avituallamiento y equipo humano: un arqueólogo y cinco ayudantes.

 

- ¿Por dónde se entra?

 

Salieron treinta dos días después.

 

- ¿Qué tal?, preguntó el ministro.

 

- La momia es egipcia y creemos datar su existencia entre el 2.100 y 2.400 a. C.

 

- ¿Y qué más?, preguntó impaciente el ministro.

 

- No podemos ampliar más datos hasta que sean analizadas las muestras en nuestros laboratorios.

 

- ¿Y cuanto tiempo...?

 

- Alrededor de dos meses y medio.

 

Y se fueron tan panchos. Mucho tiempo, le dijo el Presidente al ministro. Estos alemanes son demasiado minuciosos y aplicados, y perseveran más de la cuenta en sus trabajos. Nos interesa la rapidez, hay que mostrarles al mundo cuanto antes nuestro descubrimiento con sus antecedentes.

 

Y vinieron los ingleses. Un avión, dos arqueólogos, tres ingenieros, nueve ayudantes, material electrónico puntero, placas solares, equipos de sonido y hasta un minúsculo pero eficaz laboratorio suficiente para aislar una prueba y analizarla por el método del carbono 14.

 

- Enséñenos el agujero. Muy serios ellos.

 

- Salieron veinticinco días más tarde.

 

- ¿Qué?, preguntó anhelante el ministro esperando ya respuestas concretas en ese momento.

 

- La momia la situamos entre el 2.050 y el 2.200 a. C.

 

- Bien, muy bien, ¿y qué más?

 

- No le podemos dar más detalles hasta tanto sean investigados los prototipos en Londres. Este asunto se nos presenta muy difícil dado que los signos jeroglíficos son nuevos y no están estudiados.

 

- ¿Y cuánto tardarán?

 

- Estimamos que antes de cuatro meses conocerán algún resultado.

 

En la conferencia que Dámaso me informó sobre esta última noticia le pregunté si todo esto que estaba sucediendo era real o se lo estaba inventando. Me informó que todo era cierto, que la gente estaba además de asombrada algo revuelta. Las supersticiones están a flor de piel y el gobierno, molesto: le acusan de incompetencia.

 

- Yo no me pierdo el final, he retrasado mi partida para ver como termina este bodrio.

 

Esta vez el Presidente tomó el rábano por las hojas y llamó a España como último recurso. Son unos chapuceros –dicen que dijo-, pero a veces aciertan: son diligentes, ubicuos, festivaleros... y hasta pueden darnos los resultados en alejandrinos. Son capaces.

 

- Sea lo que Alá quiera, se dijo.

 

Al día siguiente, a las 9 de la mañana, llegaron a la Gran Pirámide dos guardias civiles con un maletín. Habían sido reclutados de alguna parte de las Provincias Vascongadas y de unas oficinas en las que poco se iban a notar sus ausencias.

 

- ¿Cuándo llega el equipo y el material? Miren que lo que nos urge es solucionar este caso lo más rápidamente posible.

 

- Todo está en el maletín de mano. ¿Por dónde se entra?

 

A los tres días salieron del túnel.

 

- ¿Qué?

 

Mire usted, señor ministro, la momia atañe al período arcaico, II dinastía, reinado de Aha; año 2.293 a. C. y pertenece a un joven de 15 años, muerto de meningitis, hijo del faraón y de una sacerdotisa. En una cámara superior a la suya se encuentra otro sarcófago de su hermana, menor que él...

 

- ¿Oiga, oiga, y todo eso en tan sólo tres días?, preguntó extrañado.

 

Y la Benemérita, creyendo que se había excedido en el plazo, dijo:

 

- Oiga, no se queje. Es que la momia en un principio no quería hablar.

 

- A este Dámaso lo voy a escamochar.

 

 

 

 

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22 Enero 2009

¿QUÉ HACEMOS CON DÁMASO?

Dámaso, querido Dámaso, no puedo hacer contigo lo que me pides. He tenido muchos días de reflexión respecto a tu muerte y he decidido dejarte vivir muy a pesar tuyo. No llego a la altura de mi homónimo el Cardenal, pero dentro de mis convicciones soy católico y mi religión me impide matar. Ya sé que me vas a advertir que eres un ser de ficción, pero aún así mi conciencia ni duda ni consiente. Eres un ser creado por mí; te he dado vida, carne, espíritu, y has obtenido de mi creamiento placeres, caprichos... Estoy ilusionado contigo, pues a pesar de haber salido algo golfo, zascandil y galocho, en el fondo eres una persona de bien, educada y correcta. Ni un atisbo de malos pensamientos, ni un asomo de venganza hay en ti. Dámaso, un padre no mata a un hijo y con esto está todo dicho.

 

Pero hay más, mi Damasín: quienes te conocen te alaban. Me piden que te deje vivo, que te muevas con ese aire flamenco y conquistador al que te has acostumbrado a caminar por la vida y con los que has conquistado a tus amigas; que tu libertad sea bandera; que tu mundo, un pañuelo; que las mujeres, tu principio y tu fin; que sigas en tu piso sin perderlo a favor del banco, defendiéndolo con el chantaje o con el amor si es preciso. Estas cosas gustan a las mujeres y provoca envidia en los hombres. Mira los correos que recibo de ti. Escucha:

 

El Mayoral te tiene envidia. Bufa cuando te acuestas con una chorva, se recrea en demasía. Tus aventuras cameras le reconfortan, le suben la libido porque mientras lee se toca la entrepierna.

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Piano Sánchez no está convencido de tu muerte. Te ve vivo y no muerto.

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Jotatrujillo apunta que tenga cuidado con lo que hago contigo si sigues empeñado en morir. Me amenaza, ¿sabes? Y es porque no desea perderte. Quiere que te de una muerte digna, si es tu voluntad.

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Irma dice que eres un cobarde, que tienes poco aguante; que para tener conciencia de lo bien que has vivido te ponga a picar piedra para el resto de tu vida, sin sexo, que es donde te duele. Sólo así sabrías lo privilegiado que has sido. Quiere verte vivo y no hecho un manganzón.

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Fantasmita me recuerda que eres una caja de sorpresas. Espera siempre tu nueva aventura. Yo creo que la has enamorado, Dámaso.

 

Mireya: No puede ser... Dámaso no puede morir. Que te de un respiro, que te aliente con amores, aunque sea con la Maruchi preñada, que no te vengas abajo. Que tú siempre has tenido respuestas a todo y siempre has salido bien parado. Y termina con un saludo cesáreo: ¡Larga vida a Dámaso! ¿Te das cuen?

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Dulce primero te maldice pero en el fondo está enamorada de ti. Es muy posesiva, ¿sabes? Y quiere hacer de ti un hombre retirándote de las mujeres y del vino. ¿Tú qué dices a eso? Yo creo que es un buen partido, Dámaso, piénsatelo. Ahora bien, te adelanto que te aprietes los machos porque además de dulce es incómoda y ahí tienes jugar fuerte y con inteligencia. ¿Qué te parece si la pretendes? A lo mejor terminamos en boda.

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Teresa, la de las recetas, también se ilusiona con tus andanzas. Te puede hasta dar de comer gratis, fíjate, porque cocina como los ángeles.

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Sánchez, muy razonable, me comenta que debes rectificar en tu pretensión de morir. Y que tienes que sufrir un poquitín más para que reconozcas lo bien que has vivido, y padezcas, además, las consecuencias de tus acciones.

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Todo el mundo conocido está contigo y esa es una prueba más por la que debes seguir viviendo. Decididamente yo no voy a matarte, me horrorizan las ejecuciones. ¿Está claro?

¡Psh!

No digas nada, no te lo permito. Puedo cambiarte de sitio, de ambiente, volverte maricón, hacerte cura... A lo mejor sería una propuesta inteligente preguntar a todas las personas que siguen tu historia qué quieren que haga contigo. Si he de trasformarte o no. Pero sea lo que fuere, yo no te voy a matar.

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Soy un soñador de sueños posibles. Ayer soñaba embelesado con tener una casa con porche y con bancos en el jardín, y hoy mi casa está más cerca del banco que los bancos en el jardín. Pero no dejo por eso de ser optimista y hacerle ver a mi amigo Nicolás, que tiene veinte años menos que yo, que a los quince de conocernos era él mayor que yo, de los años que yo me iba quitando. Algo así como mi casa: me gasto un pastón en ella, he pagado cuotas mensuales por un tubo, y ahora vale menos mi casa que la hipoteca. Pero no hay que perder el humor, aunque el dólar tome Redbull y me pueda dejar a dos velas. Hay otras cosas en qué pensar para que puedan alegrarnos la vida: la poesía, por ejemplo. Una coplilla flamenca dice que “La casita donde yo habitaba,/como era de “porvito” y arena,/el vientecito se la llevaba”. La mía es de cemento y ladrillo, pero se la van a llevar igualmente. Pero, ¿es que no voy a ser capaz de quitarme este muermo de casa de mi cabeza? Ya lo dijo Unamuno: “De las nieblas salí, vuelvo a las nieblas”. ________________________________________________________________________________________
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