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¿SERÁ FELIZ?
Queda concluida la historia del vago e indeterminado Dámaso con el presente relato. Y al igual que la historia, queda cerrado el blog. A Dámaso se le acabaron las andanzas de ir a “salto de mata”, vuelve a una vida ordenada (¿seguro?) y este personaje, así, no tiene ningún interés. Para mí. De manera que demos a su personaje por cerrado y, en consecuencia, el blog.
Mis respetos y mis gracias infinitas para todas aquellas personas que han seguido el blog y se han entretenido en afearle o criticarle o ensalzarle su particular forma de vida.
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Y la mañana llegó después de una noche lenta. Dámaso la pasó casi sin dormir pensando en Erna. Vivir en un apartamento para ellas dos solas da mucho qué pensar, ¿qué harán ahora, estarán solas? Seguro estoy que el gachupino está metido en la cama con su compañera y ella, mi pobrecita Erna, los oirá mientras piensa en mí. ¿Y si a mi Erna se le arrebata la sangre y se cambia de cama? No, no puedo dudar de mi chica, la conozco, sé que está pensando en mí. ¿Y si no fuera así… y están los tres juntos? Dios santo, que pesadilla, así no hay quien viva. Pero la pesadilla la tuvo de madrugada en el poco tiempo que disfrutó del sueño. Soñó con trenes, con el bufar de una locomotora que entraba furiosa de ruidos y humos a la gran marquesina de la estación. Vomitaba por sus branquias gentes de todas clases. Llovía y se refugiaban tras carreras locas en la cafetería. Dámaso se entretenía mirando el espectáculo y no se percató de que una mujer de edad madura lo miraba. La camarera le entregó una nota: “de parte de la señora del rincón”. Con letra torpe y picuda venía escrito “te quiero poseer”. Al mirarla le estaba insinuando con el dedo índice que se acercara a su mesa. Fumaba y le pareció vieja, fea y ridícula. Recordó a Erna y se estremeció pensando estar encima de esa bruja pasa, tan pintada como un cartel de anuncios. Ante la pasividad de Dámaso la vieja se levantó, se le acercó y lo besó. Olía a tabaco, a carmín y a pomadas. Se abalanzó sobre él y en el rechazo palpó sus carnes flácidas, sus pechos laxos, y observó su cabello grasiento y su boca repugnante y desdentada que reía sin parar mientras se le acercaba y le oprimía más y más. Quiso deshacerse de ella, huir, pero no podía, lo tenía atrapado, sujeto a la barra del bar con una fuerza inusual. Pensaba en Erna, en su dulzura, en su compasión, en sus besos, en el amor: crecía su deseo por ella. La vieja no paraba de reírse ni de besarle. Le enseñó el sexo. ¡Erna, Erna! Se despertó pronunciando su nombre y con él la llegada de una ola de gratitud hacia su Erna amada.
La llamó.
- Voy a verte ahora.
Abandonó el piso y vagabundeó un rato por entre las acacias del parque próximo. Suprimió su bienquerencia y partió de cero dándose tiempo para ordenar sus ideas en una metafísica que jamás había aplicado. Fueron sólo unos minutos. Tomó el metro y se dirigió a su destino. Ella ya lo esperaba. Se besaron y hablaron mediante valores entendidos que habían aprendido a utilizar desde que se conocieron. Los ratos de intimidad han acabado encontrando a Dámaso rodeado de las virtudes de esa chica, forzado a vivir su cuerpo, que es mucho más que su cuerpo y rebasa siempre sus formas, porque Erna va dejando imágenes de sí misma, rastros, huellas, en todas las miradas, en todas sus palabras.
- Erna es incansable, agota mi paciencia al saberse estar en su papel de perseguida por un hombre. Estrena vestidos como si no los estrenase, como si lo natural fuese tomar cada mañana, cada tarde, cada noche, un vestido nuevo y ponérselo durante unas horas. Si repite alguna vez sus vestidos es por una fidelidad momentánea a un día, a una tarde, a algo que le ocurrió y que de algún modo vive dentro de ese vestido. ¿Es nuevo?
- Me lo compré ayer. Es para la ocasión de esta tarde, quiero decirte algo importante.
Dámaso la llevó esta vez a la plaza de Santa Ana, plena de terrazas, plena de murmullos y vida. Ocuparon una mesa. La miró a los ojos.
- Erna, amo tu boca fresca, tu alegría repentina, tu gentileza, tus aciertos, tu ternura, tu humanidad, tu suavidad…
- Vente conmigo.
- Estoy contigo. Siempre quisiera estarlo y vivir cada momento…
- Digo a mi país.
La cogió de las manos y se las besó.
- Erna, yo iba a decirte que te casaras conmigo y te me has adelantado. Me estabas educando para la muerte. ¿Cuándo es la partida?
- Cuando pongas tus cosas en orden. Yo te espero.
- Lo único que tengo que poner en orden es la hipoteca del piso.
- La solucionaremos mañana. En lo sucesivo, tú trabajarás y te ocuparás de pagarla. Siempre será bonito volver a Madrid de vez en cuando. Es bella esta ciudad. Porque trabajarás, ¿no? ¡Prométemelo!
- Esto que te voy a decir no lo entenderás, pero yo soy el paño y tú las tijeras: corta. Que sí, mi niña, que sí.
- Entonces, juntos.
- Hasta la muerte.
De regreso, ya de madrugada, Erna escuchaba esas palmas últimas que vienen de una juerga flamenca donde el clarear del día ha aguado ya el vino lívido de los trasnochadores. Cisneros, con su silencio, dio su aprobación.
POR LA MUJER Y EL VINO YERRA EL HOMBRE SU CAMINO
- Dámaso, después de lo que te ha acontecido en los dos últimos capítulos, necesitas unas vacaciones; sé que has sufrido deseando tu muerte, pero ya verás como no es para tanto. Cuando te enfríes lo verás con mayor lucidez. Una cosa no es la misma analizada en caliente que en frío. Así se lo dije y va el maricón y se me larga a Egipto. ¿Pero qué coño haces ahí, pisando arena y tragando polvo?, le pregunté cuando me llamó.
